Solo lápiz y papel




No hay que sobrevalorar la escritura. Solo hay que escribir.
Julia Cameron
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     

Leyendo esta frase de Julia Cameron me viene a la cabeza, sorprendentemente,  La Casa América de Madrid.

Estas palabras me han recordado las sensaciones encontradas que me dejó aquella visita. Es un palacete, una especie de Versalles chiquito, recargado como Lolita Pluma, donde todo tiene un origen noble y nada es baladí: mármol de Ferrara, cristal de no sé dónde, muebles tallados de China, telas de París, el suelo en mosaico exactamente con el mismo dibujo de la alfombra. Un espacio no visible donde toca  la orquesta para mayor intimidad de los invitados. Un palacio sin cocina para que los olores no estropeasen tanta pompa y boato.

Un lugar de lujo que te traslada a otro sitio, a otro tiempo y te hace sentir un poco... excesiva, todo es excesivo, todo es suntuoso entre esas paredes. Muchos de esos autores latinos con cuyos nombres han bautizado las distintas salas, sufrirían un síncope si descubriesen el dudoso honor de verse nombrando salas tan ostentosas y regias, cuando algunos vivieron el exilio y la miseria, sin ser  reconocidos en vida. 

 

La literatura no parece llevarse bien con ese derroche y ese exceso decorativo –reconozco que se me acaban de venir a la mente Vargas Llosa y Carlos Fuentes, pero es solo un gesto de maldad por mi parte, lo reconozco─. Aunque sí puede que ambos mundos, el literario y el palaciego, compartan chismes y egos. Por lo demás, es una combinación de agua y aceite, completamente anacrónica.

La literatura es algo más democrático que esos círculos cerrados y pretenciosos. Solo lápiz y papel, solo un lugar para leer, no hacen falta antesalas de baile ni fachadas de adorno con forma de casas de muñecas para homenajear al artesano de palabras. Se puede escribir en un café, en un banco del parque, en una iglesia, entre clase y clase, cuando se acuesta a los niños, cuando esperas en el aeropuerto… Se puede leer en la guagua, sobre la arena de la playa, en la consulta del médico, hay quien lo hace incluso mientras camina.

Nunca un acto tan sencillo y que requiera de tan poco material, ha sido tan revolucionario ni ha logrado tantos cambios. Lee, escribe, piensa.

Comentarios

  1. El escritor, si lo es de verdad, donde debe estar es delante de la mesa escribiendo, es una frase que uno suele repetir. Como señaló Juan Marsé en una ocasión en la que se entregaba el premio Planeta, no hay que confundir la literatura con el mundillo literario. Y qué duda cabe de que la literatura, como cualquier otra actividad u oficio, a veces se ha rodeado de suntuosidades.

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    1. Completamente de acuerdo. Igual que tantas cosas en la vida: es más simple o, más bien, más sencillo que todo eso.

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