Caótica Ana (Relato)



No sé por qué me desvelé pero las historias de estas últimas semanas me han llenado la cabeza y así no hay quien concilie el sueño.

Intentaba tranquilizarme consciente de lo absurdo de la situación pero la mente agarró el tema y le daba mil vueltas como cuando se te pega el estribillo de la canción del verano y no puedes dejarlo ni queriendo, gusano mental lo llamó un científico. En lugar de en mis tripas, el bicho optó por alimentarse de mis pensamientos... ¡ahí sí que hay alimento! Quizá si esta bestia parda comiese hasta reventar podría deshacerme de él. Sería una muerte lenta y llena de enfermedades: mi bicho padecería de diabetes, hipertensión, problemas en las articulaciones… y seguiría zampando y quitándome el sueño. No, no me vale como método de extinción.

Yo hacía lo que podía por despistar a la mascota pero cual niño malcriado, volvía una y otra vez a lo mismo. Mi abuela me diría que no estoy preparada para ser madre, que una cría es una cría, da igual si cachorro humano o figura fantasmal que habita mi insomnio. Una mujer hecha y derecha como yo, debería saber manejarlo. ¡Ay, abuela!

Lo intenté hasta haciendo respiraciones profundas, como me enseñó el terapeuta "flower power" que me recomendó mi amiga Rita. A mi edad ponerme con lo de las ovejas me parece fuera de lugar, aunque para el resultado que dio, hubiese dado igual contar una granja entera o con toda la flota vacuna del Mcdonals. La próxima vez espantaré a ese perro con otro hueso.


Lo más alucinante es que al llegar hoy, lo que me había quitado el sueño, había desaparecido de mi lista de tareas. Las circunstancias se dieron de tal manera que el motivo de mi insomnio se quedó en nada, como un mal sueño, qué contradicción. No veas la cara de idiota que se te queda, tres horas de insomnio y el problema que lo ocasiona desaparece como mi sueldo el día cinco, sin dejar rastro. Si bien es cierto que la primera sensación es la de alivio, después, como si estuvieras en el patio del colegio y el matón de la clase no se presentase a una pelea, te pones brava y te da un subidón de chulería que tira para atrás. 

Cuando el bicho te puede, hasta se te quitan las ganas de vivir, ¡qué triste! Vaya chorrada. Carlos me daría una charla sobre las inconveniencias de dejarnos envolver en una telaraña de supuestos que igual, luego ni se dan, pero a los que les damos el poder de quitarnos el sueño, agotarnos y convertirnos en marionetas cuyos hilos maneja un sistema anodino y controlador. Este “teje y meneje” mental nos impide estar en paz, sentirnos tranquilos. Como si lo estuviera escuchando: "Ana, si sigues así, cuando te des cuenta tendrás treinta, cuarenta, cincuenta… el tiempo y tu calma los habrá devorado tu bicho". Qué coñazo resulta, en ocasiones, tener amigos más juiciosos que una.

Pero tendría razón, no vale la pena caer en las trampas de este bicho mental, que me impone vasallaje y sumisión, que no me lleva a ninguna parte y que me da la excusa perfecta para justificar mi apatía y desgana vital. Mírate Ana, qué cara tienes, estás ojerosa, cansada, con un color lamentable, ¡Cuántas noches dando vueltas! ¡Cuánto sueño perdido! ¿Para qué?  Para nada, sólo pierdo: pierdo sueño, pierdo ilusión, pierdo perspectiva.

Si al menos tantas horas de preocupación diesen sus frutos, al final del camino podría decir que he perdido sueño pero que he ganado algo de sabiduría.

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