También es mi historia



Hermanas, madres, abuelas literarias.



La materia de la que parecen estar hechas las historias pasa, irremediablemente, por la piel de quien las escribe. Me interesa este tema, me interesa la presencia de la biografía en la escritura. No sé por qué. En algún momento leí una crítica negativa sobre una autora cuyo trabajo admiro y el argumento del crítico en cuestión, era que su obra no podía ser valorada en demasía porque se parecía demasiado a su propia vida. Sí, esa debió de ser la mecha que encendió el fuego de esta inquietud. Y la gasolina que avivó la hoguera fue, sin duda, que el crítico era un hombre y la criticada, la obra de una mujer. Al revés, nunca hubiese tenido la misma repercusión. 

Por algún motivo, la biografía es un elemento muy presente en la escritura femenina. Tal vez porque, históricamente, la mujer ha sido relegada al ámbito privado y ese espacio es el que ha alimentado sus páginas. Tal vez, porque de ese ámbito privado el resto del mundo – el masculino- sabe poco y, por tradición, los comentarios al respecto siempre han sido silenciosos, callados. Sea como sea, a las mujeres les apetece hablar sin bajar la voz, escribir y publicar sobre ello, sin más. Ocupar un espacio público con su escritura, con sus vivencias, con sus puntos de vista plasmados sobre el papel.

Creo que ese es el motivo por el que nos encontramos, cada vez con más frecuencia, con textos donde se habla del deterioro del cuerpo femenino por el paso del tiempo –tiranía que se vive socialmente de forma bien distinta en el hombre y en la mujer-, del cuerpo y el placer femenino, del cuerpo y la enfermedad, de la maternidad, de la incapacidad de ser madre, de la dureza de ser madre, lejos de la imagen edulcorada que nos han vendido durante tanto tiempo, como tantas otras; de la realidad de no querer ser madre. Del duelo y la pérdida, del dolor físico y del emocional.

Diarios y novelas publicados póstumamente que hablan de secretos guardados, de vidas ocultas… que nunca quisieron ser tal. Libros sobre feminismo intentando explicar, sin ningún tipo de acritud, la necesidad de dejar de demonizar un movimiento que resulta vital para lograr una sociedad que acepta sus diferencias y permite la igualdad de derechos.

En las mesas de novedades de cualquier librería es habitual encontrarse con  libros de coloridas portadas sobre mujeres artistas, científicas, inventoras… dirigidos a un público infantil y juvenil, para que estas niñas, las niñas de este tiempo, tengan referentes en los que mirarse, para que ni el mundo artístico ni el científico se les presenten como opciones lejanas e inalcanzables, para que el mundo se les abra de par en par, para que lo tengan a la mano y ya no les extrañe, como nos ha extrañado a otras generaciones de mujeres, la presencia femenina en cualquier ámbito profesional.

Historias que se escriben hoy en día, pero también historias rescatadas de otro tiempo. Voces femeninas de ayer y de hoy, con las que sin embargo, no nos cuesta mantener un diálogo porque, a pesar de que nos separen años, países, culturas, hay algo en las experiencias vitales que nos cuentan, que nos acerca. Experiencias, sensaciones, emociones que compartimos. Hermanas, madres, abuelas literarias.

Tal vez este tema me haya interesado durante mucho tiempo en mi vida, porque es la materia de la que estoy hecha yo misma. Por eso tanta investigación, tanta introspección, tanto deambular por caminos que me llevaran a las profundidades, a mi propio  fondo. Ahora no solo investigo, ahora escribo. Y leo, que es investigar a otras y entender la historia de muchas. La mía también.

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