Juegos de la memoria



Los recuerdos aparecen de pronto, sin avisar, sin razón alguna. Van surgiendo de un objeto, del objeto una imagen, de la imagen una historia. Detalles, cosas; la enorme insistencia de un recuerdo hasta que consigue instalarse definitivamente en nuestra memoria, hasta convertirse en parte de una misma, en nuestro día a día. Cuando el recuerdo se hace presente, revive. Se sacude el olvido y se coloca lo más cerca posible, “a mano”.



Eva estaba tumbada sobre la cama, con una foto en una mano y escribiendo algo en un cuaderno. La habitación era amplia, había sido un antiguo almacén perteneciente a su familia. La primera planta se había reconvertido en vivienda pero ella prefirió que este cuarto quedase tal cual. Tenía unos enormes ventanales y había una extraña mezcla de cosas: un viejo escritorio que desprendía un ligero olor a madera, un baúl con adornos de hierro, una estantería destartalada, una alfombra que hacía las veces de mesa, repleta de libros, notas y algunas revistas. Las paredes eran blancas y estaban cubiertas con un par de fotos en blanco y negro, donde se veían rostros enormemente expresivos, curtidos, con miradas dulces y cálidas; agrietadas, marcadas por el paso del tiempo y la dureza de la vida, pero suavizadas con una leve sonrisa, casi mueca en ocasiones, sincera y callada.
En la pared contigua, junto al inmenso escritorio, un tablón plagado de notas, listas y algunos dibujos infantiles llenos de colorido: una casita blanca con irregulares ventanas negras y su tejado rojo, el hermoso sol amarillo con los que todos los niños coronan sus primeras obras artísticas.

Ella seguía acurrucada en su cama y mirando con  calma una vieja foto donde aparecía un matrimonio que ya parecía mayor, aunque no llegaran a los 65. Estaban en la entrada de su casa, su abuela con uno de sus numerosos vestidos marrones, con esa sonrisa eterna y sujetándole la mano al abuelo sobre su hombro, porque él ya no tenía fuerzas para mantenerla. Él, con su camisa de franela a cuadros blancos y negros, el pantalón oscuro y haciendo una mueca entre sonrisa y sorpresa.  Al fondo, una de las numerosas montañas que rodeaban la casa, que estaba casi escondida entre riscos y caminos de cabras.

Ya hacía 25 años que Eva se había quedado sin abuelos,  pero aquel verano se habían hecho omnipresentes.

Su primer recuerdo salió de aquel enorme bote de mayonesa que casualmente vio en el almacén, una tarde cualquiera que, como otras muchas, le había tocado ir a hacer la compra. Mientras iba tachando cosas de su lista y su hermano empujaba el carro, levantó la cabeza y allí estaba: un enorme cubo blanco con una tapa amarilla: mayonesa alemana. Y ahí empezó todo: recordó que su tío le llevaba esos botes vacíos a su abuela, ella los utilizaba para echar las trabas de la ropa, la comida de los perros o para regar las plantas. Había estado miles de veces en aquel almacén pero nunca antes se había tropezado con el cubo blanco de tapa amarilla.               

El objeto más insignificante le traía una historia completa sobre sus abuelos que, aunque nunca los había olvidado, sí se habían convertido en parte de su pasado.

Una noche se despertó sobresaltada, sudando y con palpitaciones, sintió el enorme vacío que habían dejado, como si se hubiesen ido recientemente, como si no se acostumbrase a su ausencia. 

Sin motivo empezó a llorar y le invadió la sensación de no poder recuperarse nunca de tal pérdida y el enorme e imposible deseo de verles. Así se durmió. A la mañana siguiente estaba más tranquila y pensó que no había sido más que un extraño momento de debilidad entre pesadilla y terror nocturno. Los recuerdos seguían sucediéndose, incluso  sueños, donde Eva iba a visitarles.



De las pertenencias de sus abuelos, los padres de Eva se habían quedado con la casa. Era una casa vieja, la mitad sacada del risco, y la otra, un salón con el techo de cañas y barro, cubiertas con tejas rojas. Un patio unía ambas partes, ya techado con planchas donde su abuela colgaba sus enormes helechos. No estaba lejos del lugar donde vivían actualmente y el hermano de Eva, llevaba tiempo empeñado en ir.

Le asustaba la idea de ir, pero pronto se acabaron las excusas. Y allí estaba, la casa de los domingos de su niñez. Los recuerdos hechos añicos, abandonados a su suerte, sucios. Era como verlos, oír sus voces, sus pasos, sus manos, su olor, el dulzor de su presencia.  Los sonidos que inundaban aquel lugar: los pájaros por la mañana, las voces lejanas de los pocos vecinos, el jaleo de la abuela en la cocina, el abuelo sentado en la “tosca”, comiendo bizcocho y mirando por si entraba algún coche por la destartalada carretera de tierra. Ahora, estaba vacía, sola, ya no olía a comida cuando entrabas en el patio. Pero se seguía escuchando a los pájaros. 

Dejó el bolígrafo sobre la cama y volvió a coger la fotografía, la miró con una sonrisa y pasó su mano con suavidad por los rostros fotografiados.  

Eva y su hermano habían vuelto esa misma tarde a la casa y se habían pasado horas arreglando el pequeño jardín que había en la parte delantera. También se habían sumado los dos pequeños de la familia que se ocuparon echando en grandes sacos de basura todo lo que no servía para nada. Volvieron el siguiente domingo y el martes, porque era fiesta, y el sábado y, de nuevo, el domingo.

Cuando se levantó de la cama, dejó sobre el escritorio la foto y al pie de la misma se leía:
                             
                                                                … la muerte no ha hecho más que acercarte.
           
















                                               

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