Tener las cosas claras






Huele a otoño, a manzana y a canela. La luz se ha tamizado y el sonido de las campanas parece distinto al del verano, donde eran como estallidos de luz en medio del cielo azul. Estallidos que te empujaban en busca de risas, de amigos, de arena y de sol. Avisos que reverberan en cada célula a la llamada de un lugar abierto, de movimiento, de encuentros; como si el brillo del aire y el sonido de la luz invitasen a los átomos de nuestro cuerpo a chocar entre ellos y a renovarse, en una orgía mitocondrial que renueva cada espacio interior.

Ahora, sin embargo,  el olor del frío nos sacude la piel y nos permite expandir la mirada, no hay tanta luz, los ojos no se arrugan, el pensamiento gira hacia el interior y las voces y los gritos del estío pasan a susurros y confidencias otoñales.

Un instante de lucidez, producido quizás después de un esfuerzo físico, es el que nos da la clave del cambio, la conciencia del ciclo, el reconocimiento de que empieza otro periodo, otra estación emocional. Y es ese momento como un golpe en la cabeza, como un rayo de clarividencia que nos atraviesa de arriba abajo –arriba, desde ese cielo azul, ahora nublado; cambia, todo cambia. Abajo, el lugar en el que estamos y donde se manifiesta la sabiduría, muy cerca del corazón. Y súbitamente, llega la libertad. Tal vez solo dure unos soplos de reloj. Suficiente.  

Hay pocas cosas en la vida que merezcan más celebración que la vida misma y la claridad de objetivos. No hay tesoro comparable al saber en nuestro interior qué estamos haciendo, hacia dónde nos dirigimos y cuál queremos que sea nuestro destino. El camino será completamente incierto pero el final del trayecto lo llevamos a golpe de estación, marcados en nuestras células. Solo queda disfrutar del viaje.



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