Al quedarme sola entro en una especie de arrobamiento. Me invade un estado de bienestar y armonía similar al que siento en mi paisaje interior. Me pasaría el día y la noche contemplando. Quisiera acercarme a las figuras y admirarlas una a una, pero algo tira de mí. Me dirijo al centro de la escena, al ojo del hombre-luna. Es sólo una presencia. Todo está en su sitio. El movimiento es estático. ¿Y el mensaje? Una felicidad ligera en busca del amor. Aparecen las primeras señales, como los toques de luz que anuncian el amanecer. No pertenezco a nada. Nada me condiciona porque el amor no se ha manifestado todavía ¿Estaré en el limbo? El amor es dolor. Si se trata de elegir, elijo el amor-dolor. Quiero aprovechar mi tiempo. Necesito compartir esta dicha que está creciendo en mí; deseo la fusión con otro ser; elijo el placer y la alegría del amor aunque no sean duraderos. Deseo experimentar intensamente, saberme viva.
Hay días en los que al levantarte de la cama, sientes que pones tus pies sobre gelatina. Todo es inestable, inseguro, difuso. La realidad se vuelve viscosa, de líneas poco firmes y tú, que aún eres de verdad, te peleas en un mundo de realidades intangibles. Quizá se sintiese así Sancho cuando acompañaba a don Quijote en algunas de sus aventuras, pero yo no tengo caballero loco que me convenza del ataque de los gigantes. Hoy estaría bien dejar la cordura a un lado pero me atrapa y miro mis brazos y no son de verdad y miro mi rostro en el espejo y no es de verdad. No estoy en mi cuerpo pero soy de verdad. Todo lo demás es mentira. A pesar de sentirme como un pez que se pelea por vivir con normalidad fuera de su tanque de agua, elijo seguir. Me dirijo a mi ducha de mentira, me enjabono este cuerpo ajeno con lentitud, intentando encontrarme en los pliegues, las curvas, los huecos pero no, no estoy. Trato con mimo este espacio en el qu...

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